La agenda.

Corría la última semana de junio, la marcha tenía fecha y hora, se había creado en el FB un grupo controlado para que interactuemos en modo seguro mujeres de muy alta diversidad, generacional, de origen, de cosmovisión etc. y lo más importante, el propósito estaba suficientemente claro. La novedad era que se estaba ensayando una “estrategia liberadora” de impredecibles consecuencias. Empezamos a contarnos, a mostrar cicatrices que ninguna cirugía podrá corregir, heridas y traumatismos en diferentes estados, habían trapitos mal guardados que llenos de moho estaban contaminando el aire que respiramos nosotras y nuestras familias. Y fluía una sinergia envolvente que se iba apoderando de nosotras mostrándonos que se nos había podrido el derecho, que no hay castillos ni princesas, que es un pantano sociocultural del que había que salir… ¡pronto! que no estaba mal llorar pero urgía actuar.

El desafío.

Articular nuestra diversidad sin un espacio donde aterrizarla para hacerlo es inviable. ¡A marchar se aprende marchando! Entre nosotras cuentan usuarias de silla de ruedas, mujeres sordas y quienes tenemos discapacidad visual. La pasada experiencia en la marcha “canto a la vida”, del 8 de marzo sirvió para hacer la lista de cuáles de las cabezas del monstruo debemos cortar primero. Transportarnos de modo seguro y encontrarnos a pesar de la multitud. Movernos juntas sin dispersarnos. Motivar que las y los demás participantes recuperados de la sorpresa de vernos reconozcan nuestro modo alternativo de participar y colaboren haciéndonos más espacio, dándonos preferencia para usar las rampas y otros accesos con menos barreras. Mantenernos en una interacción proactiva con ellas y ellos, respondiendo preguntas porque es precisamente la desinformación la que alimenta los prejuicios y los estereotipos.

Sumas y restas.

El temor a lo desconocido, los mensajes invalidantes que masivamente recibimos a diario por diferentes canales, se tradujo en el desistimiento de varias de nosotras que hasta el día anterior estaban muy convencidas de participar. Es parte de nuestra diversidad, así como con la rapidez para calzarse y descalzarse, no todas tenemos el mismo ritmo ni pasamos por los mismos procesos de liberación. Encontrar la idea que hiciera de “muro de contención” para que no cunda la desmoralización, fue más fácil recurriendo a la experiencia positiva de nuestra participación en “canto a la vida”.

Nuestro lema.

¡La mujer excluida, la mujer discriminada también es violentada! Estábamos allí para visibilizar a la mujer con discapacidad, pero para que adviertan su presencia entre tantas presencias, había que hablar de ella y del tipo de violencia que enfrenta en el exilio donde todo lo que le pasa simplemente no importa o no está calificado. Esperanza Villafuerte T.

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